La teoría de las ventanas rotas, por Mayra Montero

La teoría de las ventanas rotas, por Mayra Montero

24 de noviembre de 2013

Tuller

Uno no puede menos que desearle suerte al nuevo jefe de la Policía. Le desea, de paso, que ningún alcalde, por ningún motivo, haga una promesa a la virgen para que él se vaya. Fue lo que le pasó al anterior superintendente, Héctor Pesquera. El alcalde de Sabana Grande hizo una promesa -a la Virgen del Pozo- para que Pesquera saliera de su vista. Milagrosamente se le dio.

Por lo tanto, se le desea suerte a Tuller, cómo no, pero si él tiene en mente seguir adelante con la perorata de los cristales rotos, y cree que con eso va a resolver algo, muy despistado lo veo.

La llamada “teoría de los cristales rotos” fue fomentada en Estados Unidos hace más de treinta años por unos sociólogos que afirmaban que, si alguien rompía una ventana en una comunidad marginada y la ventana se quedaba rota, la tendencia lógica era que los vándalos se sintieran impunes y continuaran rompiendo las demás.

La teoría cayó simpática. La Policía animó a la gente a que arreglara las ventanas que se iban rompiendo en su comunidad, y uno de los autores del libro recorrió varias ciudades asesorando a los departamentos policíacos y a los alcaldes que intentaban resolver asuntos de vandalismo. Supongo que el autor ganó su buena plata y se retiró a su ventana privada. Perfecto.

Pero la teoría de los cristales rotos resulta aquí, y ahora, en un engendro anacrónico. En Puerto Rico nadie rompe cristales por romper cristales. Bueno, si una casa queda abandonada -y hay varias en el barrio donde vivo y en todos los barrios del País debido a la burbuja inmobiliaria-, puede que a lo mejor un adicto o un deambulante, intentando meterse, rompa el cristal. Pero el problema principal no es ese vidrio roto. No señor. Es la maleza que crece descontrolada; las piscinas que se llenan de agua pútrida; las verjas carcomidas por la acción del tiempo, la falta de pintura, etc. La mayoría de las casas abandonadas fueron reposeídas por los bancos. El superintendente Tuller tiene que empezar por exigir a los bancos que les den mantenimiento a sus propiedades, que están por todas partes, hasta en las urbanizaciones de lujo. A los vecinos no nos pueden pedir que reparemos las ventanas rotas de las casas de los bancos. No somos esclavitos, aunque a veces lo parezcamos.

El jefe de la Policía asegura que, en su experiencia, al perseguir y detener a los destartaladores de ventanas, se les hace comprender que no pueden hacer lo que quieran. En Nueva York se empezó a poner orden “hasta en los asuntos más sencillos”. Declara el señor Tuller: “Se detenía a las personas que no pagaban la tarifa de los trenes. Muchas de esas personas tenían récord criminal. Así se cogieron muchos criminales”.

Santo Dios, hace falta que alguien lleve urgentemente a este hombre a la parada de guaguas más cercana, y lo suba en una de ellas para que dé el viaje de ida y vuelta. También puede dar un paseo por las estaciones del tren urbano. No obstante, me atrevo a adelantarle algo:

Aquí no van a coger a ningún criminal ni en el tren urbano ni en las guaguas. Esos son conceptos del siglo pasado en Nueva York.

Aquí las guaguas sólo las padecen las personas trabajadoras que no tienen vehículo; los hombres y las mujeres de edad avanzada, que ya no manejan; los obreros, muchos de ellos inmigrantes; las empleadas domésticas y los estudiantes que van a las universidades. Todos pagan. A lo mejor un día se cuela un borracho que no tiene la peseta. Pero, conociendo a los choferes de la AMA -y me viene a la mente aquel que se negó a llevarme a Piñones-, me estaría muy raro que ningún “criminal” suba a la guagua y se baje sin pagar. El chofer lo agarra por el cogote y lo sacude, con lo cual además de sacarle la peseta le saca el hígado.

En Puerto Rico ningún criminal se molesta en romper ventanas ni en coger guaguas. Los criminales andan en sus propios carros, algunos verdaderos bólidos de marcas caras, con líneas y colores indescriptibles.

Por otro lado, recuerda Tuller que bajo el plan de “broken windows”, el grafiti se comenzó a eliminar y que eso es importante porque mejora el aspecto de la comunidad. Pues por mi calle que no venga. La grafitera Nube ilustró las paredes de mi casa con sus gigantescos “guardianes” y con los versos que yo le pedí que pusiera, que son de Rosalía de Castro. Si va a venir el jefe de la Policía a borrar lo que pagué, estamos hechos. Sólo falta que me manden a pintar la casa de color “bone white”, que es el color más tonto y desesperante que hay.

Por último, asegura el superintendente Tuller que “si uno arresta por cosas menores, los criminales van a pensarlo más cuando piensen hacer un crimen más grande”.

No sé. No entiendo yo ese plan de ventanas con macetitas de flores en medio de un vibrante panorama de economía subterránea; tráfico incesante de cargamentos rigurosamente custodiados, que ni siquiera se quedan en Puerto Rico; y pejes gordos-gordos de verdad.

Eso sin contar que casi nadie se ensucia las manos cogiendo piedras para romper vidrios, porque los rifles están a tres por peso. Todavía hay quien propone que se decrete otra amnistía para que se recojan armas sin preguntar de dónde vienen. O sea, que periódicamente les hacemos reciclaje a los sicarios.

Insisto en que a Tuller hay que subirlo en una guagua. Si quiere lo acompaño. Cuando nos bajemos, por Capetillo, cualquiera de los dos podría susurrar aquello de: “I think this is the beginning of a beautiful friendship”.

http://www.elnuevodia.com/blog-tuller-1650840.htm

Foto: http://arielarrieta.com/en/2009/04/29/no-todo-lo-que-circula-por-internet-es-basura/

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