Castigar a los traficantes, por Joan J. Queralt

Joan-J-Queralt-Jimenez

El sexo de pago | Análisis

Castigar a los traficantes

Martes, 4 de octubre del 2011

La prostitución callejera, superado el rancio costumbrismo machista, es un espectáculo más bien vomitivo. No me refiero, claro está, al del cliente, pobre diablo incapaz de gestionar, como se dice ahora, sus apetitos y querencias, sino a la explotación que sufren las prostitutas (y prostitutos) callejeras.

Sin entrar en la discusión de la legalización de la prostitución, lo que está claro es que las meretrices peatonales no ejercen su comercio carnal libre y autónomamente. Por ello, el rufianismo es delito. Pero va más allá de la explotación del macarra y queda muy lejos de Irma, la dulce. Hoy en día, estas mujeres de la calle son víctimas del trafico ilegal de personas, del chantaje, de la extorsión: viven con el miedo en el cuerpo y ahogadas por deudas que no se saldan nunca; además, son el campo de batalla de mil y una enfermedades tan altamente contagiosas como peligrosas.

Sin embargo, la respuesta, amen de desplegar una educación sexual digna del tal nombre, no pasa ni por criminalizarlas ni por criminalizar a los clientes. La defensa de una pretendida moralidad es aquí pura hipocresía: la diferencia entre el acto callejero y el bunga bunga de la scort o de la modelo es el lugar y el vestido que lleve la prestadora del servicio. Tratar a las más indefensas de modo indiscriminadamente sancionador es injusto; el refugio del castigo en la vía administrativa no es más que un inútil paño caliente, pues la interfecta nada va a poder pagar. ¿Sancionar al cliente?; ¿solo al peonil?; ¿por qué no a quien compra DVD piratas al mantero, actividad, la de vender, sí penalmente relevante?

Si queremos luchar contra la prostitución hemos de dejarnos de zarandajas, es decir, de hipocresía: ataquemos las redes que traen a las mujeres, que las retienen como esclavas hasta que pagan una deuda que solo existe en los libros de sus explotadores, que organizan las calles, dividiéndolas en sectores, como si fueran los tajos de una cadena de montaje.

Pero esta actuación, junto con la (reitero) educación sexual en la igualdad, no es lucida ni da resultados espectaculares a corto plazo. Nada mejor, y más en periodo electoral, que exhibir estadísticas y números -vaya usted a saber cómo se han confeccionado- de detenciones perfectamente publicitadas ante los medios. Pero de estas detenciones y eventuales clausuras de establecimientos, que para nada alteran el ecosistema de la explotación sexual, ¿quién se acuerda a las dos semanas? ¿Sabemos de los operativos antiprostitución de hace dos, tres, cuatro años, qué suerte han corrido los detenidos, las detenidas, los locales clausurados, los bienes y dinero decomisados? Dicen que decía Bernard Show que hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas. Pues bien, las estadísticas de hoy, con sus operativos, son mentira, si no van acompañadas de las condenas de mañana. En el fondo, es un juego con cartas marcadas, un eterno telar de Penélope, que no hace sino ratificar el statu quo con un ejército de explotadas que no para de aumentar.

Tomado: www.elperiodico.com

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