Posgrado en Derecho Procesal Penal con Mención a los Principios, Garantías y Reglas Constitucionales que Fundamenta el Sistema Acusatorio (Tercera Edición)

Lolita Aniyar de Castro

El compromiso de los intelectuales críticos del Derecho penal y la criminología

Dra. Lolita Aniyar de Castro Venezuela

In Memorian de los Profesores Guillermo Monzón Paz y Jorge Palacios Motta

Lolita Aniyar de Castro

Una Historia que aún no está en sus libros: la irrupción de la ideología en el campo del pensamiento sobre el control penal

Voy a contar muy brevemente esta pequeña historia para los más jóvenes que no habían nacido entonces, y que no han tal vez tenido el tiempo de leerlo en los nuevos estudios de Historia. En los años 60 y 70 una ola de fuego recorría el mundo. Todo lo que estaba oculto emergió a la superficie. Se dice rápido. Pero fue la rebelión contra todo tipo de poderes. La explotación, la discriminación, los negociados a costa de la vida y los bienes de los otros, las drogas prohibidas mientras las drogas permitidas ocasionaban muerte y deformidades; las políticas belicistas, las invasiones. Lo pequeño es bello, se dijo, contra la globalización. Las comunas de personas afines intentaron una nueva manera de vivir, hasta de sustituir parejas por nuevos estilos de “familias”, nuevas maneras de de participar. Lo negro es bello, se dijo, y hasta los blancos se dejaron crecer enormes crespos “afros”. Los jeans rotos fueron la moda hasta que la industria del vestido los industrializó, ya rotos y desteñidos y más caros que los impolutos. Entonces la ropa étnica se puso de moda. Qué era (y aún en ciertos países es), “lo étnico”? Lo que usaban los marginados, los miembros de pueblos dominados, ropas largas bordadas o tejidas por manos esclavas. Proliferaron barbas resistentes a las tijeras de los barberos, los cabellos infinitos; se instaló un repudio de la higiene oficial, el uso de medicinas alternativas, las terapias de flores y cristales, la pasión por músicas e instrumentos orientales. Por el LSD y los colores del arcoíris.

Drogarse era escapar al consumismo, a la sociedad repudiada. El signo de la paz se dibujaba en las ropas, en las calles. Hacer el amor y no la guerra era el eslogan de quienes acompañaron sentimentalmente a sus mutilados, muertos y locos en y por la guerra de Vietnam. Los estudiantes de liceos y universidades se fueron a la calle, protestando, cuestionando. Las manifestaciones públicas cargadas de carteles o grafiti poéticos e inteligentes, en todo caso, subversivos o insumisos, invadían las calles de las grandes ciudades del Primer Mundo. Los presos, politizados por los prisioneros políticos o de conciencia que estaban con ellos, incendiaron cárceles en Estados Unidos y Europa. Las universidades intentaron su reforma y su libertad. Grandes debates se extendían en Asambleas, salones de clase, sindicatos, grupos de opinión. Surge la Criminología Radical. Y con ella el compromiso de los criminólogos con el cambio, pues “no bastaba conocer al mundo, era necesario transformarlo”.

En América Latina, todo llegó más tarde. Mientras aquello pasaba en el Primer Mundo, por aquí había poca criminología y era positivista. Era la aceptación sumisa de todas las directrices del poder institucionalizado: la dictadura de los Códigos Penales sobre la materia a investigar. La importación de teorías europeas sobre “las causas” del delito. Del cientificismo. La aceptación automática de quiénes eran los buenos y quiénes “los malos”, es decir, los delincuentes. Los delincuentes eran los del estereotipo del pobre, negro, indio, marginal. Era la sacralización de la violencia definida desde arriba, es decir, desde el poder. Es más, en América Central no existían cátedras de criminología, sólo unas páginas sobre su función “auxiliar” en los libros de Derecho Penal. México tenía criminólogos y Centros de Investigación, pero la tendencia era también positivista. En América del Sur pocos países tenían centros de investigación universitaria: Panamá, Colombia, Ecuador- y era un Centro para el auxilio a lo penitenciario-, y Venezuela, los tenían, pero sólo en Venezuela comenzaba a arraigarse la tendencia crítica. En Argentina, Uruguay y Brasil, la crítica estaba contenida por las feroces dictaduras de los años 70. Toda esa fuerza intelectual estaba aprisionada en una suerte de membrana elástica que se expandiría con los años y con el florecimiento de dolores y libertades, en lo que hoy es una eclosión significativa y creadora. Y es que, como ha dicho García Méndez, en la democracia florece la criminología; en las dictaduras, el derecho penal. Por qué será? Mezger, desnudado por Muñoz Conde, había dado legitimidad a la legalidad nazi. Y cada dictadura arma su aparato conceptual y legal de Justicia represiva, para los fines de su pervivencia y el imperio de sus directrices.

Casi toda América Central, con algunas excepciones, como Costa Rica, y a su manera la República Dominicana, estaba tomada por dictaduras más o menos duras, en todo caso por sistemas cuasi feudales de dominación y amplios sectores excluidos.

Lo cierto es que los profesores universitarios tenían pocas maneras de conocer lo que en nuestros países sucedía, más allá de las informaciones filtradas por las agencias trasnacionales de noticias. América Latina era una sola, nos decían, -nos decíamos-, y sabíamos que era por la historia de exclusiones y disparidades sociales. Pero en detalle, sólo sabíamos lo que era necesario y conveniente que se supiera. Más allá de algunos intercambios ocasionales y viajes turísticos, “ese mundo” (¡que era el nuestro!), -como lo había descrito en el título de su clásico libro el peruano Ciro Alegría, “era ancho y ajeno”.

La criminología se hace y se denomina Radical cuando, a partir de la década de los 60 a los 70, aplica las categorías marxistas a la dominación que se verifica a través de los controles institucionales, particularmente los legales, y más específicamente los penales.

Introduce así el elemento Poder, por primera vez, en el momento definicional de prohibido y de las transgresiones. De manera que los procesos de criminalización, a través de las instituciones de la Administración de Justicia, se convierten en el enfoque central de sus debates e investigaciones. Llegó a ser una verdadera politología del delito, y sus consecuencias últimas lógicamente concluyen en que si la ley es un acto político, el delincuente es un delincuente político, y, como prisioneros, ellos son presos políticos del sistema. Con los años el radicalismo se fue matizando, pero ese era el momento de la eclosión ideológica.

Por supuesto, el positivismo se sienta en el banquillo de los acusados, y la teoría se hace, en oposición, teoría negativa. Entonces, no bastaba conocer el mundo, era necesario transformarlo. Un criminólogo crítico se define pues por su vocación transformadora. No sólo se ocupará de la reconstrucción de la teoría, sino también de la realidad.

En más de una ocasión nos hemos referido a nuestro compromiso con la acción. Lo hicimos desde la época de las más radicales antítesis, cuando elaborábamos las primeras contribuciones para lo que debería ser la nueva criminología y hablábamos, no sólo de Anti-criminología, sino también de una anti-teoría, puesto que buscábamos un postulado, lo suficientemente abierto para que no se convirtiese, a su vez, -ni siquiera como teoría-, en un planteamiento autoritario, en una nueva forma de poder. A eso lo llamamos, en los años 803, Criminología de la Liberación, no sólo por la necesidad de vincularla a otros postulados críticos que, en otros ramos de la reflexión, habían surgido en América Latina, sino porque esa liberación lo era de la mentira, es decir, de la falsa conciencia al servicio del Poder. Como se trataba de una criminología anti-Poder, entendiéndose éste como un Poder de clase y de sumisión, tendría necesariamente que tratarse de una Criminología antiautoritaria. Y luego, con los matices de la Teoría Crítica, la criminología se enfrenta a nuevos desafíos. Entre otros, que la legalidad marxista, asumiendo otro arsenal legitimador, es también autoritaria.

En nuestra desconfianza hacia “la Ciencia”, nueva deidad que como cientificismo nos arropó desde los inicios positivistas de los estudios sobre el delincuente, estaba implícita la reflexión sobre las relaciones entre intelectuales y sociedad, que Gramsci había señalado con tanta agudeza.

Esa transformación que buscábamos, repito, no era meramente teórica. El compromiso con el cambio se manifestaba como una de las primeras banderas, y nunca nos preocupó hablar en términos de “banderas”, porque quisimos que tomar partido fuera uno de nuestros significantes. Ese compromiso con el cambio, era, epistemológicamente, la oportunidad de reunificar teoría y praxis, conocimiento y acción; de eliminar esas confortables e interesadas dualidades que se fueron haciendo parte de la historia del conocimiento, como si otras posibilidades estuvieran cerradas. Es decir, sabíamos que ni la “ciencia” era neutral, y que ninguna teoría puede ser abstracta, sino que debía conectarse tanto con los portadores de necesidades “reales”4, como con el progreso de la sociedad.

Habíamos escrito, investigado y puesto al descubierto, desde nuestros cubículos universitarios, muchas cosas, como la constatación de que todo en la Criminología tradicional era político, -empezando por su manifiesto apoliticismo y sus ropajes cientificistas-. Habíamos discutido en los salones de clases, presentado y debatido en simposios y congresos, y explicado esa transformación en los libros nuevos. La manida metáfora de la torre de marfil podría adjudicársenos. Se corría, pues, el riesgo de que estas acciones, clausuradas en los círculos académicos, fueran la única manera de verificar la praxis. Y todo, en la realidad sufrida más allá de esos muros, y por supuesto, también dentro de los dichos muros, continuaría igual.

¿Quiénes lo hicieron? Criminólogos y Penalistas Críticos: El punto de vista externo y el punto de vista interno del control, en relación dinámica.

Esta necesidad de participar fue también vivida en Italia por los primeros integrantes del llamado Grupo de Boloña, o de la Revista “La Questione Criminale”. Conocimos por su historia escrita, y de boca de sus más proficuos participantes (Baratta, Pavarini), de las decepciones sufridas y de las reflexiones hechas a posteriori de su presencia en la construcción de una Política Criminal Alternativa. Por ejemplo, evaluaron que nunca hubo la oportunidad de debatir sobre el ejercicio mismo del Poder, tal vez porque no se trató en general de un ejercicio directo de mismo, sino de la acción de personas de izquierda que en ese momento lo ejercían en Boloña, y cuyos programas los criminólogos críticos intentaron orientar.

En América Latina se han verificado algunos casos de este ejercicio de apoyo a políticos comprometidos con el cambio. Los penalistas y criminólogos críticos tienen en sus manos, desde hace tiempo, una batería de principios, de guías de acción, de contestaciones y de propuestas renovadoras, que son producto de unas reflexiones que tienen ya más de 30 años. Al hablar simultáneamente tanto de criminólogos como de penalistas críticos, no tengo la menor duda de que estos últimos no se negarían a ser incluidos en esta calificación. Nunca dejé de considerar ambas categorías como armas diferentes de un mismo arsenal, cuyo objetivo es y ha sido la lucha contra ese control social selectivo y desvinculado de los Derechos Humanos. En Chile, algunos penalistas como Novoa Monreal, Bustos y Politoff, ofrecieron teorías, y a veces prácticas, al gobierno de Allende. Por razones de todos conocidas, no tuvieron el tiempo necesario para concretarse. También en Argentina, se destacaron penalistas como Baigún, Bergalli y Marcó del Pont, a quienes cito como una referencia injustamente diminuta de lo mucho que allí se dijo, se hizo y se escribió, tanto para deslegitimar la nueva normatividad dictatorial, como para sugerir líneas de acción a un control social alternativo. Las discusiones, por ejemplo, sobre la vieja causa de justificación “obediencia legítima y debida”, justificación que sirvió de escudo a torturadores, secuestradores y asesinos del Régimen de los Generales, debía haber influido para generar la reforma de todos los Códigos Penales, o, al menos, para orientar universalmente una jurisprudencia acorde con los Derechos Humanos. Así debió haber sucedido con los juicios y escritos que se produjeron al terminar la última Guerra Mundial (aunque el de Nuremberg fue señalado de violar el principio de legalidad). Pero no sucedió así. En l996 fue un escándalo en Italia que se eximiera de responsabilidad a Erich Priebke, quien había sido figura central del homicidio de doscientos inocentes sepultados en las llamadas Fosas Ardeatinas, alegándose la prescripción y la obediencia legítima y debida a favor de un Crimen contra la Humanidad. Algo parecido acaba de suceder en España con la suspensión de su cargo del Juez Baltazar Garzón, por haber alegado la imprescriptibilidad de estos crímenes en la época franquista, a pesar de haberse decretado una Amnistía. En Venezuela, desde hace seis meses, una Jueza (María Afiuni) ha sido encarcelada por orden presidencial, por haber aplicado la Constitución que obliga a poner en libertad a quien ha estado encerrado más de dos años sin juicio. Tampoco ella ha tenido la ocasión de un debido proceso. Son casos de retroceso jurisdiccional en un momento en el que se espera que lo jurisdiccional se manifieste en términos humanistas, bien como función creadora de Derecho, bien como respeto a los principios supra constitucionales.

He citado casos de compañeros que han estado “detrás de la política”. Otros estuvieron “en” la política. Fue el caso, en Bogotá, del reconocido penalista Alfonso Reyes Echandia, quien había sido Vice Ministro de Justicia, y al final, Presidente de la Corte de Justicia de Colombia. Su destino fue digno y trágico, como reseñaré al final.

Lo mucho que ha escrito, dicho y hecho Zaffaroni, como parlamentario y como Juez, sobre casos similares y otros, y sobre violaciones a Derechos Humanos a nivel también internacional, lo dejo a sus propias palabras en este Foro. De la misma manera podría reseñarse la significación que, en Brasil, tiene la cultura y compromiso de Nilo Batista, también hombre de pensamiento, quien tuvo que enfrentar el descomunal desafío de ser Vice Gobernador de Rio de Janeiro y por lo tanto de las políticas policiales y de Seguridad.

En Venezuela, me tocó ser, primero, Senadora de la República, y luego, primera mujer electa Gobernadora en Venezuela. Sucedió en el Estado Zulia, capital Maracaibo, un Estado grande y conflictivo, el mayor después de la ciudad capital, Caracas. Estado fronterizo, ganadero, sitio fundamental de la extracción petrolera y de producción de sus derivados, y la más importante potencia agropecuaria del país. Allí la lucha para eliminar y humanizar las viejas prácticas del control fue dura y sin cuartel.

CUANDO LA SANGRE DESBORDA AL RIO

Las investigaciones realizadas en nuestro Instituto de Criminología de la Universidad del Zulia, en el marco del Grupo Latinoamericano de Criminología Comparada, sobre Violencia, sobre Delincuencia de Cuello Blanco y sobre Control Social en la Región, así como la investigación comparada del Instituto Latinoamericano de Derechos Humanos que en los 80 coordinaría Zaffaroni, con el concurso por primera vez combinado de penalistas y criminólogos progresistas de la Región, habían demostrado la precariedad de esos principios en la realidad de nuestros Sistemas de la Administración de Justicia Penal.

Llegamos, inclusive, en un momento de nuestros intentos, de construir una Teoría Crítica del Control Social, y a solicitar el concurso transdisciplinar de tecnólogos, religiosos, comunicadores, filósofos, historiadores, politólogos, y hasta activistas sociales. Especialmente éstos, que desde las barriadas más carentes, percibían de cerca la selectividad de los controles duros, que allí se manifestaban con mayor intensidad. Constatamos que allí había una grieta que parecía insalvable. Era difícil la comunicación, y que se superase la desconfianza hacia el intelectual.
Fuimos creciendo con nuestros libros, con nuestras discusiones e investigaciones, hasta que el grado de repudio a lo existente, esa militancia contra la injusticia, esa misma impaciencia por revertir el orden, nos fueron acercando a la política, en el más activo sentido de la palabra, es decir, en el de las posibilidades de intervenir en la realidad.

Sintetizando el tiempo, y para demostrar que el compromiso con el cambio, la perspectiva irreverente, la lucha por los Derechos Humanos, por el derecho a la diferencia, por la libertad de pensamiento, los momentos que generan rupturas, y hasta las inocentes investigaciones académicas, se llegan a convertir en sediciosas, creo necesario indicar el comienzo de la historia que me ha unido a estas actividades y a profesores de Guatemala.

En el 73 organizamos en Maracaibo y mi Universidad del Zulia, un Curso Internacional de criminología sobre la Violencia. La Violencia ya no era la de los presos homicidas. Era la institucional, la que ponía a funcionar la triple A en Brasil; en Argentina, la macabra práctica de desaparecer personas y/o a secuestrarle sus hijos; en Chile la de las torturas de Pinochet. ¡Más violencia, imposible! Más delitos terribles, inimaginables!

Los criminólogos que allí estábamos, con el auspicio del Centro Internacional de Criminología Comparada de la Universidad de Montreal, acordamos entonces organizar un Grupo Latinoamericano de Criminología Comparada, e iniciar un Proyecto común de investigación sobre Violencia en América Latina.

Nuestra tarea de coordinación comenzó pues, por el principio: buscar, inventar criminólogos donde no existían. Grupos de investigación, generalmente con estudiantes, pues no había personal universitario dedicado exclusivamente a la investigación, fueron surgiendo, de la mano de profesores de Derecho Penal, o de Sociología, -de esos que sí veían más allá de sus narices-, la importancia de analizar el contexto global del Control Social.

La Universidad San Martín de Porres, en Lima organizó nuestro primer Encuentro, con un Proyecto único de investigación ya estructurado. En la Universidad Central del Ecuador también hubo un Encuentro. Allí conocimos de investigaciones que vinculaban la violencia (medida por trazados encefalográficos) con la ingesta de maíz… que era, claro, la comida de los indígenas; lo que nos proporcionó la primera ocasión de ejercer, en vivo y en directo, como hoy se dice en el mundo televisivo, la Criminología Crítica que estaba naciendo.

La Universidad de Panamá, la Externado y la Libre de Colombia, el Grupo de intelectuales liderados en Brasil por Heleno Claudio Fragoso, Nilo Batista, y Ester Kosovski, organizaron otros. También Costa Rica. Argentinos, chilenos, uruguayos, en el exilio, eran nuestros representantes de esos países. .

En México, las universidades UNAM, y la UAM, de Azcapozalco, el INACIPE, y la Sociedad Mexicana de Criminología, participaron y formaron grupos de investigación muy productivos. En Venezuela se organizaron Encuentros en las Universidades del Zulia, -dos de ellos-, y Carabobo, y bajo el auspicio también del Centro Internacional de Criminología Comparada, que nos daba cobertura. Se realizaron Seminarios de Criminología Comparada de los Países del Caribe, en Cuba, y Nicaragua, que estaba en guerra. También en Puerto La Cruz, en Venezuela, motorizado por Juan Bautista Rodríguez Días y el Colegio de Abogados del Estado Anzoátegui. Eran las mismas personas, los mismos grupos, la misma pasión por construir alternativas.
De alguna manera estos primeros contactos fueron dibujando posibilidades de desarrollo de la disciplina en reconstrucción.

Aquí entra Centroamérica, aquí entra Guatemala. Las guerras centroamericanas nos encontraron en plena tarea de la reflexión alternativa. Vimos de cerca no sólo la guerra en Nicaragua, y la guerra en el Salvador, sino que experimentamos, por medio de las narraciones de Carmen Antony, chilena exilada en Panamá, no siempre registradas, por razones obvias de seguridad personal, la invasión de este último país. Lo que no salía en los periódicos. Allí estaba nuestro continente, en el dolor de nuestros investigadores. No analizaré en profundidad lo que pasaba en estos países, pues con más pertinencia que yo, ya lo han hecho muchos historiadores, analistas, sociólogos y políticos de esos lugares. También porque sólo quien vive, conoce y sufre su país puede hablar de éste. Me limitaré a la épica de varios criminólogos, amigos, compañeros de ruta en esos años, y a cómo su compromiso con el cambio los llevó a la muerte.

Atilio Ramírez Amaya, Juez del caso del asesinato del arzobispo Arnulfo Romero de El Salvador, fue asaltado políticamente en su casa y tuvo que escapar- literalmente escapar- y emigrar, con su familia, a Costa Rica y luego a Nicaragua. Y porque la Justicia alguna vez llega, con el tiempo llegó a ser Magistrado de la Corte Suprema de Justicia de su país. Alfonso Reyes Echandia, el más Epenalista colombiano de su época, Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, líder del equipo colombiano de nuestro Grupo, muere carbonizado en 1975, en el incendio provocado del palacio de Justicia en Bogotá, – de cuya Corte Suprema para entonces era Presidente.

El incendio fue, sin duda, un acto de agresión a una Administración de Justicia que se manifestaba cada vez más independiente del Poder Ejecutivo. Un acto de venganza contra la autonomía del Poder Judicial, autonomía que hoy se considera un Derecho Humano más.

Muere también allí, ferozmente incinerado, Emiro Sandoval, nuevo criminólogo crítico del momento en Colombia, teórico de la crítica penitenciaria latinoamericana, y parte de ese equipo.

A inicios de los años 80, en Puerto la Cruz, Venezuela, en el 3er Seminario de Criminología Comparada de los países el Caribe, los dos profesores de la Universidad de San Carlos de Guatemala, que formaban parte de nuestro Grupo de Investigación sobre Violencia, Guillermo Monzón Paz y Jorge Palacios Motta, nos narran una historia tenebrosa: hasta ese mes, habían sido asesinados 14 Profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos, de esta Universidad que hoy nos acoge.

¿Cómo, nos preguntamos, 14 Profesores? ¡No lo podíamos creer! ¿Profesores?, ¿no guerrilleros armados, no soldados, no terroristas, sólo Profesores con el peso de sus ideas y sus palabras como armas? Ni siquiera era fácil, desde nuestros escritorios académicos de otros lugares, averiguar por qué.

Las palabras de Monzón y de Palacios quedaron, esas sí, grabadas, y por muchos años, en las Actas de aquel Encuentro. Un documento casi sagrado.

Porque, con sus propias voces y esas propias palabras, que ya habría querido para sí García Márquez cuando escribió su Crónica de una Muerte Anunciada, también nos dijeron: “tal vez cuando regresemos de ese evento, nos asesinen a nosotros también”.

Y así fue.

No pasaron ni tres meses. Primero cayó uno, el otro después.

Posteriormente, otro Profesor guatemalteco, Jorge Enrique Torres, llega con muletas a uno de nuestros Encuentros en Perú. Era defensor de los derechos de los trabajadores. Había sufrido “un accidente”!

A estos Profesores, a cuyo nombre y con el respeto que me merecen la historia y tradición de esta noble institución universitaria, en cuya Aula Magna se instalará la Sociedad Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, en el año del 2011, 30 años después, dedico hoy estas palabras.

A ellos dediqué también, al editarlo, mi Libro Criminología de la Liberación, que es una historia parcial de muchos momentos vividos en esos años, en una época en la que nada podía o debía haber sido vivido de otro modo.

Porque es la Historia, por fortuna a veces cambiante, la que determina percepciones, actitudes, valores, discursos, y nobles intransigencias contra la justicia y contra la carencia de libertad.

Rindo también homenaje, -hoy cuando tengo la ocasión de hablar en este recinto que tal vez ellos recordaron en el fatal momento, y cuyas paredes, y las de todos los paraninfos latinoamericanos, deberían recoger sus nombres-, con un silencio que debería hacer mucho ruido, también a todos aquellos que murieron por ser portadores de ideas y de sueños: que, en fin de cuentas, es la más pura esencia del pertenecer al género humano.
Porque su única derrota real será el Olvido.

Lolita Aniyar de Castro
Profesora Emérita de la Universidad del Zulia
Maracaibo, Venezuela
Guatemala, 11-15 de abril de 2011

Se inauguró el I Congreso Latinoamericano de Derecho penal y Criminología

I Congreso Latinoamericano de Derecho penal y Criminología

El pasado lunes 11 de abril inició en Guatemala, el I Congreso Latinoamericano de Derecho penal y Criminología: Retos y desafíos del Derecho penal y de la Criminología. (más…)



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